¡Linchamiento de Pancho Daniel!
En la mañana del martes de esta semana, Pancho Daniel amaneció ahorcado en la huerta del corral de la cárcel de esta ciudad.
Esta simple noticia es tan chocante para nosotros, que nos abruma, y no encontramos expresiones bastante fuertes para condenar la conducta de aquellos que se valen de la noche para consumar sus atrocidades.
Pancho Daniel, acusado como partícipe en el asesinato del Sheriff Barton y sus compañeros, cometido en las inmediaciones de San Juan Capistrano en 1857, fue arrestado en al ciudad de San José en enero de este año. Trasportado a esta ciudad, había permanecido en la cárcel desde aquel tiempo aguardando su juicio, el cual se había diferido de tiempo en tiempo hasta que en la última sesión de la Corte de Distrito se decidió enviar sus causa al condado de Santa Bárbara para que allí fuese juzgado.
Con esta decisión del Tribunal de Distrito, los que deseaban la muerte de Daniel creyeron que en Santa Bárbara sería puesto en libertad; y para asegurarlo de una vez, se reunieron y lo ahorcaron.
EL mismo día se formó un jurado para descubrir los autores del linchamiento.

El carcelero fue interrogado y respondió que muy temprano, al tiempo que salía a hacer, como de costumbre, su compra al mercado, fue asaltado por una partida de hombres, quienes por medio de la fuerza y de las amenazas le obligaron a entregar las llaves de la cárcel. Después de esto dice que corrió a avisar de lo que pasaba al Procurador de Distrito, y a su vuelta encontró ya muerto a Daniel.
Y u n testigo declaró que la muerta dada a este desgraciado fue de las más brutales de que pueda tenerse ejemplo. La cuerda era muy gruesa, y como el marco de la puerta no es muy elevado, la caída no fue suficiente para romperle los huesos del pescuezo, sino que pereció sofocado en medio de la más horrorosa desesperación. No sabemos a qué hora fue suspendido; el mismo testigo declaró bajo juramento que cuando él lo vio todavía se movía .-pero dejemos de estos detalles.
Ya no se puedo indagar más. Se dice que no saben quiénes fueron los cabecillas o motores de la ejecución de Pancho Daniel.¡Y aunque se supieran! ¿de qué sirven nuestros tribunales?¡ De qué sirven nuestras leyes, si son holladas impunemente!
Lejos de nosotros toda la suposición de querer defender a Pancho Daniel. Puede haber sido el mayor malvado que jamás haya existido para vergüenza de la humanidad, si tenemos un gobierno constituido y leyes que es nuestro deber obedecer y respetar ¿a qué valernos de la violencia o de la fuerza bruta?
El levantamiento del pueblo de San Francisco fue muy diferente y obró bajo diversas circunstancias. ¡Allá la corrupción y el crimen, habían invadido a los tribunales, y el pueblo que tanto había sufrido en silencio, despertó de su letargo y purificó a la sociedad!¿Pero aquí, un hombre miserable e indefenso, amenazaba destruir la tranquilidad pública?¿Su existencia era tan odiosa al “pueblo” que nadie se consideraba seguro en sus vidas o propiedades?
Daniel era asesino, dijeron ellos, la justicia tarda mucho para dar sus fallos-¡entonces no es ningún cargo de conciencia sacarlo y ahorcarlo!
Pero ¿qué resulta de estos raciocinios? Que ellos, en lugar de castigar un crimen, cometieron otro mayor, y en cualquier otra parte del mundo, en donde las palabras de ley y autoridad no se pronuncian en vano; en donde los empleados público no son instrumentos de hombres sin principios;¡ya a esta hora hubieran dado cuenta de su cruel proceso!
Por linchamientos ( acerba palabra, que en tiempos felices no conocíamos)siempre se entiende que son ejecuciones hechas por el PUEBLO.
Por pueblo entendemos a lo menos una mayoría de los habitantes de un lugar.
Pero la muerte de Pancho Daniel no tiene aun el mérito de un linchamiento. A penas serían cincuenta personas las que se tomaron la responsabilidad de vengar a la sociedad.
¡Las ejecuciones llamadas por el “pueblo”, que se han llevado a efecto en California, se han hecho a la luz del día!
Pero en este caso, despojada la muerte de Pancho Daniel, como efecto de la efervescencia del pueblo, queda al descubierto la verdad: que unos cuantos hombres se reunieron con el único objeto de perpetuar un hecho inaudito de violencia y crueldad.
¡Pueblo de los Ángeles! ¡Bajarás humillado la cabeza, y confesarás que en tu nombre se sacrifican aquí a los prisioneros sin oír una palabra de defensa!...¡No hay sensibilidad, no hay emociones, en el pecho homicida, que oye la desgarrante súplica del desgraciado que va a expirar en afrentoso patíbulo, pidiendo los consuelos de la religión, o deseando ver a su esposa, o sus tienes hijos!¡Miserable existencia la de ellos!-¡Apenas nacieron cuando empezaron sus padecimientos!
Pancho Daniel dormía quizá tranquilo, aguardando su juicio, cuando de repente se el notifica que su hora ha llegado , sin darle tiempo siquiera de prepararse o arrepentirse de su pecados, confiando a un sacerdote de la religión la historia de sus errores. Porque el hombre más infeliz y despreciable tiene un alma tan preciosa a los ojos de Dios como la del más poderoso de la tierra.
Nadie más que nosotros deseara que un hecho semejante no se hubiera cometido aquí, por no vernos obligados a consignarlo en nuestras columnas.¿Qué opinión se formarán de los habitantes de Los Ángeles, un país tan favorecido por la naturaleza, y donde las señales de adelantos y progresos materiales se ven por todas las partes?¡Ojalá que la reputación del país no hubiera sido manchada por tan negro borrón!
Nosotros somos los primeros en dccir al pueblo:¡Paciencia y esperanza! Que este hecho sirva de ejemplo. Cuando un criminal de otra nacionalidad llegue a caer en manos de la justicia, veremos a ver si los mismos que ejecutaron a Pancho Daniel dan una prueba que son imparciales con los delincuentes.
Casi todos los ciudadanos de este condado consideraban a Daniel como criminal, y esto hace menos horrorosa la venganza de que ha sido víctima.S ería terrible que hubiese muerto inocente Habíamos creído que ya se habían visto los perniciosos efectos de los linchamientos. Si las leyes no son hechas iguales para todos, si somos gobernados por la voluntad de unos cuantos individuos, dígase eso de una vez, y levántese en alto la enseña de la anarquía y la traición.
( El Clamor Público,Los Ángeles,California 4-XII-1858)