GUERRA DE MÉXICO CON LOS ESTADOS UNIDOS
(Apuntes históricos expresamente escritos para El Cronista por Manuel C. Rojo)
“Pues ,dice la tradición,
Un asilo de alegría,
¡Cuán mudado está en el día
Hoy lo es de maldición!”
Walter Scott
PRELIMINAR
Al tiempo de la ocupación de la ciudad de Los Ángeles por las fuerzas de mar y tierra de los Estados Unidos de Norte-América, al mando del comodoro D. R. F. Stockton y del coronel D. J. C. Fremont; el Territorio de la Alta California de hallaba recientemente insurreccionado contra su gobernador, el Gral. D. Manuel Michiltorena, quien al mando de las fuerzas que trajo del interior de la República, fue derrotado en San Fernando el día 27 de febrero de 1845 por el coronel D. José de Castro, al mando de los ciudadanos de Los Ángeles y otros puntos del Sur del Territorio; después de esta derrota, el general Michiltorena, fue conducido a San Diego, y de allí lo expulsaron del Territorio de la Alta California, remitiéndolo a San Blas a bordo de un buque mercante.
Entonces, D. Pío Pico, como el primer vocal de la Junta Departamental, fue reconocido Gobernador interino y el coronel D. José de Castro, quedó con el mando de la fuerza veterana,prisionera en San Fernando, residiendo ambos en Los Ángeles y no en Monterrey que era la capital del Territorio.
No era mejor el estado que guardaba el Supremo Gobierno de México; siempre en revolución cambiando de presidentes, de Santa-Anna a Herrera, de Herrera a Paredes, y así sucesivamente se había generalizado tanto el espíritu revolucionario, que las épocas de paz eran tan sólo de meses o de días. En esto surgió la guerra con los Estados Unidos de Norte-América por la segregación de Texas.
Primera ocupación de la ciudad de Los Ángeles
El coronel Fremont que desde el 4 de febrero de 1846, había salido con un brillante cuerpo de caballería para California, llegó a San Diego a fines del mes de julio del mismo año, y cuando supo que el comodoro Stockton había anclado en el puerto de San Pedro el día 7 de agosto, con el ánimo de desembarcar su expedición y apoderarse de la ciudad de Los Ángeles, marchó de San Diego para reunirse con él y cooperar a la toma de dicha ciudad, donde como hemos dicho se encontraba el gobernador D. Pío Pico con los miembros d e la Diputación o Junta Departamental, y el coronel d. José de Castro con una fuerza veterana de México, que el gobernador y general D. Manuel Milchitorena había traído del interior de la República.
Luego que el comodoro Stockton desembarcó en San Pedro con cuatrocientos hombres y alguna artillería, pasó a las autoridades de Los Ángeles, una atenta y enérgica comunicación , manifestándoles el objeto de su llegada, e invitándolas a contratar los términos de su ocupación evitando la efusión de sangre.

El gobernador D. Pío Pico, promovió una junta a la que concurrieron los miembros de la Asamblea o Junta Departamental, y también el coronel D. José Castro, en cuya junta les hizo ver la comunicación que había mandado el comodoro Stockton, y que no había tiempo que perder para emprender desde el instante la defensa del país.
La respuesta del coronel Castro fue negativa y terminante:”Nada podemos hacer sin armas y sin dinero”El Sr. Castro era jefe militar de la única fuerza disponible que había, estando con el enemigo al frente; esta fuerza le era adicta y no quedaba tiempo ni modo de cambiársela. D. José Matías Moreno, secretario del Sr. Pico, se contentó con decir al coronel Castro:”Si los españoles hubieran pensado como Ud. cuando los invadió Napoleón Bonaparte, todavía seríamos franceses”. Estaban discutiendo la materia, cuando llegó D. Lino Lopes, diciendo que desde el día 19 del mes anterior habían pasado por la Tiajuana para San Diego las fuerzas del coronel Fremont que venían a reunirse con las del comodoro Stockton; esta noticia acabó de decidir al coronel Castro y cayó como un torrente de agua fría en los ánimos de los irresolutos miembros de aquella Junta.
¿Qué vamos a hacer?( dijo uno de la Asamblea), si el coronel Castro, con la fuerza disponible que tiene a sus órdenes, no hace de pronto frente a la situación, no nos queda otro recurso que abandonar los puestos oficiales que ocupamos y dejar al tiempo el desarrollo de los acontecimientos.
Sí, sí, ( dijeron varios a la vez) al cabo que como soldados, hemos de cumplir nuestro deber de mexicanos.
En aquella Junta quedó sofocada la voz del patriotismo y de la abnegación; el gobernador Pico y su secretario D. José Matías Moreno, ganaron para Sonora eligiendo su viaje por tierra por la Baja California, y el coronel Castro, disolviendo su fuerza, se fue también para Sonora por el rumbo del Río Colorado; el país quedó a merced de los invasores, y por eso cuando se reunió el comodoro Stockton y el coronel Fremont, no tuvieron contra quién combatir ni con quién entenderse oficialmente; y de esta manera ocuparon la ciudad de Los Ángeles el día 15 de agosto de 1846, sin necesidad de disparar ni un solo tiro.
El pueblo cumple con su deber
Luego que el comodoro Stockton y el coronel Fremont, se posesionaron de Los Ángeles en la pacífica manera que hemos dicho, se fueron para San Francisco dejando al teniente de marina D. A. H. Gillespie encargado de la plaza al mando de una guarnición de soldados de los que había desembarcado Stockton.

Esta guarnición comenzó a contrariar los usos y costumbres de los californios al grado de no permitírseles ni los más inocentes pasatiempos; los soldados trataban a los ciudadanos en los términos más irritantes, y el pueblo, aunque sufrido, principió a reprochar esta conducta agresiva e impolítica, formando comentarios de lo que pasaba y maldiciendo la situación .Un día, el 16 de septiembre de aquel año, se reunieron algunos amigos en la cantina de Hilario Varelas, entre los cuales se encontraban Cervol Varelas, hermano del cantinero, Diego Sepúlveda, D. José Antonio Carrillo, Francisco Ballesteros, Ricardo Uribe, Pedro Domínguez, y otros; y en medio de los recuerdos de aquel día de tan gran importancia para los mexicanos, D. José Antonio Carrillo, brindó por Hidalgo y por Morelos, lamentándose que entre sus paisanos los californios, no tuviesen imitadores, “ no hay entre nosotros uno sólo( dijo levantando la voz y rodándosele las lágrimas) que merezca llamarse hijo de tan grandes hombres,” “somos”, (añadió)” cobardes y pusilánimes que nos dejamos conquistar vergonzosamente”
“Pues yo juro por el amor de mi patria( contestó Cervol Varela) que esto no se dirá por mí el 27 de septiembre, día en que el ejército trigarante entró de triunfo a la Capital de México”,”ni por mí, ni por mí”, dijeron todos casi al mismo tiempo.”Pues, bien,¿qué hacemos?””Armarse y combatir”, fue la respuesta del orador”.”! A las armas!,¡ a las armas!¿qué día nos reunimos aquí?” “El día que haya algún número de hombres armados y resueltos para la guerra.”.”¡Bien!,¡Bien!”
El día 23 de septiembre se presentó Cervol Varelas a la cabeza de unos cuantos hombres armados y a caballo, atacando el cuartel de Gillespie y obligándolo a encerrarse con toda la guarnición, poniéndole sitio en dicho cuartel, que era la casa que fue del gobierno de D. Pío Pico y últimamente se conoce por el Hotel de la Bella Unión. Toda la población se puso en movimiento tomando parte en aquella escena; las mujeres eran las más decididas y entusiastas, animando a sus maridos, hijos o hermanos y las novias a sus novios; no quedó una alma que no se moviera contra los norteamericanos; D. José Antonio Carrillo y el capitán D. José M. Flores se presentaron a la cabeza del movimiento, sosteniendo el sitio contra Gillespie, mientras que Diego Sepúlveda y Cervol Varelas, salieron en pos de D. Benito Wilson, que andaba por Jurupa con cien soldados norteamericanos.
Captura de Wilson con toda su guarnición
Luego que D. Benito D. Wilson tuvo noticia que habían salido en su busca Diego Sepúlveda y Cervol Varelas a la cabeza de setenta hombres a caballo, procuró encerrarse en la casa del Rancho del Chino, que era una especie de fortaleza construida por sus dueños para resistir a los indios Yutas que bajaban casi mensualmente en las noches de luna, a robar los ganados, cometiendo toda clase de depredaciones contra los rancheros; la casa estaba atronerada y tenía por fuera un vallado ancho y hondo para impedir los ataques de caballería; aquí se refugió Wilson con sus cien soldados para resistir con mejor éxito a Sepúlveda y Varelas.
Estos valientes hijos del pueblo, llegaron con sus esforzados compañeros al Rancho del Chino el 26 de septiembre, y desde luego tuvieron una consulta sobre la manera de atacar a Wilson en la fuerte posición que ocupaba. D. Francisco Balllesteros, uno de los más bizarros de la partida, dijo sin titubear:”carguemos a violencia de carrera sobre nuestros caballos, y en llegando a la casa nos apeamos, forzamos las puertas y acabamos con ellos”.
La proposición fue a gusto y aprobación de todos, y en le acto se puso en ejecución, partiendo a toda la velocidad de sus briosos caballos; Ballesteros iba adelante recreándose por la mayor ligereza de su caballo, cuando al saltar el vallado frente a la casa, cayó agonizando y diciendo a la vez:”¡Adelante, adelante, compañeros!”.
Todos los demás llegaron rodeando la casa, y echando en el acto pie a tierra y colocándose a un lado de las troneras para no ser ofendidos con los tiros que disparaban desde adentro, quitando varios rifles lograron empuñar, y jalándolos los arrancaron de las manos de sus adversarios sacándolos por las mismas troneras. De repente dijo uno:”¡Prendamos fuego a la casa y entonces si no se rinden ni salen a pelear, morirán asados!”
Dicho y hecho: el techo comenzó a arder por varios puntos y el incendio crecía por momentos, la gritería de los de adentro era espantosa, implorando la clemencia de los vencedores.”¡Ríndanse!”, gritaban los de afuera; y medio asfixiados por el humo y muertos de miedo, fueron saliendo los de Wilson de cinco en cinco, y entregando las armas a los de Sepúlveda y Varelas, que las recibían haciendo a un lado a los prisioneros. Después que salieron todos los cien hombres que había adentro, se los llevaron para Los Ángeles, permitiéndoles montar a caballo y sin hacerles ningún daño.

Capitulación de Gillespie

Mientras esto pasaba en el “Chino”, D. José Antonio Carrillo y el capitán D. José M. Flores mantenían en jaque a Gillespie sin dejarlo salir de su cuartel; los vecinos de Los Ángeles y los de Santa Bárbara formaban el sitio, pero sin asaltar el cuartel, su fuerte era el caballo y les faltaban armas de fuego. Cuando Gillespie supo la captura de Wilson con toda su partida y que el número de los sitiadores se aumentaba con la fuerza de Sepúlveda y Varelas que se habían apoderado de los cien rifles que cargaban los soldados de Wilson, no hallando modo de romper el sitio ni esperanzas de ser socorrido por alguna fuerza de los Estados Unidos, entró en una capitulación que tenía por base la desocupación de la ciudad de Los Ángeles y que se reembarcase en un buque que estaba anclado en San Pedro.
Convenidos en estos términos se llevó la capitulación adelante, marchando Gillespie para San Pedro el día 30 de aquel propio mes de septiembre, reembarcándose al día siguiente y dejando a la ciudad de Los Ángeles orgullosa del valor y patriotismo de sus hijos.

Los Californios van de triunfo en triunfo

(No sé cómo recopilar las diferentes relaciones que oigo sobre los acontecimientos de aquellos días; yo escribo estos apuntes históricos en la ciudad de Los Ángeles, y he comenzado a tomar mis datos desde el mes de agosto de 1849.Conozco personalmente a todos los mexicanos que han figurado en estas escenas, y lo que saco en limpio de todas sus relaciones confrontando unas con otras, es lo que hasta aquí llevo escrito, y lo que adelante diré desentendiéndome de pormenores que cansarían la imaginación de mis lectores)
Embarcado Gillespie en el buque que estaba anclado en San Pedro, volvió a desembarcar el día 7 de octubre, con el capitán Mervin que llegó allí el día anterior, componiéndose ambas fuerzas de quinientos hombres ;luego llegó la noticia a Los Ángeles y en el acto salieron a su encuentro D. José Antonio Carrillo y el capitán D. José M. Flores con doscientos hombres sobre una carreta del país; esta pieza la pusieron a cargo del sargento Aguilar con muy poco parque para la misma.
En ese propio día 7 salieron de Los Ángeles en la tarde y fueron a pernoctar en el campo a poca distancia de donde habían acampado Mervin y Gillespie, en la madrugada del día 8 de octubre de 1846,apenas comenzaba a rayar la aurora,estando de pie todos los mexicanos, y los norteamericanos al frente como dos mil varas distantes, con sus fogatas, quizás haciendo su desayuno, le dijo D. José Antonio Carrillo al artillero:
“Aguilar; saluda a esos amigos rompiendo algunos cráneos con la metralla de tu pieza”;y entonces se vino sabiendo que, con el apuro de la salida en la tarde del día anterior, habían olvidado en el cuartel la mecha del cañón, y que por esto no se podía dar fuego.
“D. José Antonio,”( dijo José María Cota) eso es lo de menos, allá veo varias fogatas en el campo enemigo, iré a traer un tizón y materia concluida.” “Y yo lo acompaño”( dijo el Nicho Alipaz)¡Bravo! ¡Bravo, muchachos!, vayan en el acto”.
No bien acabó Carrillo de pronunciar estas palabras, cuando allá van veloces como un rayo sobre el campo americano :los americanos creyeron que estos dos hombres venían huyendo del campo mexicano, nada les hicieron hasta dejarlos llegar y arrebatar los tizones de lumbre que tomaron colgándose a la carrera de sus caballos, y regresando con la misma violencia con que habían llegado; entonces les hicieron fuego por compañías pero las balas respetaron a estos valientes quienes fueron recibidos por sus camaradas con ¡vivas! Y muestras del mayor entusiasmo. Este magnífico episodio, fue el preludio de la gloriosa jornada de aquel día.
Los norteamericanos picados con el arrojo de Cota y Alipaz, se vinieron en columna cerrada sobre los mexicanos, creyendo que iban a resistir la carga de la caballería; tronó el cañón disparado por el sargento Aguilar, y claro se vio la brecha que hizo pasando la metralla por el centro de la columna enemiga; cierran de nuevo los claros, avanzando los americanos denodadamente.”Vamos a divertirlos”, gritó Carrillo,”¡Muchachos! Corran para atrás con el cañón, después hagamos alto para cargarlo.”
Todos volaron para atrás, cargan el cañón y esperan a pie firme a los americanos que se aproximan a paso veloz, y antes que llegaran a tiro de rifle dispara Aguilar un segundo y certero cañonazo, abriendo nueva brecha en el centro de la columna enemiga; prorrumpen los californios un grito de alegría, y en medio de la bulla se oye la gruesa y alta voz de Carrillo,”¡para atrás! ¡para atrás!” y entonces callan y obedecen volviendo a correr como media legua, hacen alto, cargan y esperan; por tercera vez retumba el cañón y no desmiente la buena puntería del artillero, se ve caer el animoso oficial que venía con el pabellón de las estrellas, guiando el ataque de sus valientes camaradas, ahora, con sus jefes a la cabeza, corren los californios al encuentro de la columna:¡Jesucristo! Se chocan ambas fuerzas con su estrépito de armas y disparos de rifles y pistolas, que parecía no quedar vivo ninguno de los combatientes; se revuelve la caballería california con infantería americana; lidian una hora completa, cuando se oyó un clarín guerrero: los californios no comprendieron su sentido, pero los veteranos americanos se reúnen y forman un cuadro cerrado que contramarcha para la playa, haciendo fuego en retirada; los californios se reúnen a su vez, y forman una batalla como para dar otra carga.”¡No!,¡no!, dice Flores, contentémonos con lo hecho, quedamos dueños del campo, el enemigo está muy fuerte, y su reserva, que no ha entrado en acción puede vendernos muy cara cada gota de sangre que le derramemos ahora”. En efecto, esta reserva se incorpora cubriendo con sus filas el cuadro cerrado, que dobla sus frentes o los cuadruplica con este movimiento marcial, elegante e imponente a la vez. Los yankees salieron derrotados pero no vencidos: apenas llegaron a la playa, se reembarcaron apresuradamente, mientras que los californios recogieron del campo de batalla treinta y dos americanos muertos, entre los cuales se contaba el valiente oficial que murió arropado con el pabellón de su patria acribillado por la metralla.”Este era un héroe,” dijeron algunos californianos rodeando el cadáver, y Carrillo dijo:”Sí, siento despojarlo de su bandera, pero ella es un trofeo para nosotros; valiente joven”:y entonces, agachándose con respeto lo desenrolló del pabellón, diciendo:”lo mandaremos a México.” Como seis meses después de escrita esta relación guiándome por los informes de Cervol e Hilario Varelas, y de Nazario Domínguez, Vicente Guerrero y otros más, conocí en el rancho de San Pedro y en la casa de Don Manuel Domínguez, al sargento Aguilar, quien dirigió la pieza de artillería en esta memorable jornada, rodando la conversación sobre los acontecimientos de entonces, confirmó todo lo que ya sabía yo, añadiéndome lo que ningún otro me había dicho, y es, que desde la tarde del día siete se avistaron con los americanos y tuvieron varias escaramuzas sin ningún efecto, y por lo que respecta al día de la batalla, dijo que en el choque de ambas fuerzas, a más de los americanos muertos que quedaron en el campo, se llevaron muchos heridos, como se conocía por la sangre que dejaron a donde formaron el cuadro.” ¿Y de los de ustedes no murió alguno?” “Allí mismo, no señor; pero salimos más de cuarenta, picados de zancudo, y entre ellos yo que he quedado tísico a consecuencia de la bala que me hirió el pecho, y dos murieron dos o tres días después de la acción” Carrillo, Flores y varios sargentos se contaban entre los heridos aunque levemente; el pabellón mexicano que llevaba Ramón Carrillo sacó más de cincuenta balazos.

Cuando el comodoro Stockton recibió las para él malas noticias de los repetidos triunfos de los californios contra Wilson, Gillespie y Mervin, emprendió la navegación para San Pedro, a donde llegó el primero de noviembre de 1846, desembarcando en el acto ochocientos hombres que traía para recapturar a Los Ángeles.
Don José Antonio Carrillo se hallaba en las inmediaciones de San Pedro con cien rancheros a caballo, y desde que vio anclar la expedición de Stockton hizo que su gente comenzara a pasar y repasar por una media vuelta que hace allí el cerro frente al puerto, de modo que al pasar se ocultaba y volvían por la media vuelta a aparecer como si fuera gente nueva: Stockton desembarcaba y Carrillo pasaba y repasaba escuadrones de caballería, hasta que vieron que la gente de Stockton que había comenzado a marchar para Los Ángeles, contramarchó al instante y se reembarcaron todos dirigiéndose con rumbo a San Diego.¿Por qué?.Sea como fuere, dejo consignado el hecho sin ninguna clase de comentarios.

Una heroína
Dos días después de este incidente, desembarcaba en San Diego el comodoro Stockton, cuando nadie le esperaba. El Alcalde tenía la bandera izada en la plaza para recibir a diez y siete fronterizos de la Baja California, que iban a tomar parte en la defensa del país; los comandaba D. José Machado, D. Lino López y otros: habían juntádose también todos arriba de treinta y cinco hombres; sin embargo, no quisieron retirarse sin ver antes la cara al enemigo, y esperaron en la plaza a la vanguardia de Stockton, con lo cual se tirotearon a distancia de tiro de pistola, mas ya que iban llegando los del grueso de la expedición fuerte de ochocientos hombres, quisieron retirarse, bajando antes la bandera que estaba en medio de la plaza para llevarla, y habiendo uno ido a practicar la operación lo mataron; entonces eran ya casi todos los de la expedición que llegaban haciendo fuego, y los californios se retiraron sin la bandera mexicana.
Doña María Antonia Machado, que todo lo había presenciado desde el interior de sus casa, salió a la plaza en medio de todos los fuegos con un puñal en la mano, y sin arredrarse por nada, cortó el hilo de la bandera y bajándola la dobló y se la entregó a su hermano Don José:”llévatela, no la dejes en poder del enemigo”,le dijo, y volvió a su casa tan tranquila como si no hubiera corrido ningún peligro.
Además del fronterizo que murió en la plaza, fueron heridos otros dos que murieron poco después; de los americanos no he podido saber si quedarían algunos heridos, lo cierto es que se batieron muy de cerca, 35 contra 800.

Escaramuzas

Desde que se posesionó de San Diego el comodoro Stockton presuró comprar reses de matanza y caballos mansos, para abastecer de carne su expedición y tener bestias en que viajar por tierra. Don Juan Bandini que siempre se manifestó adicto a los americanos, ofreció venderle ambas clases de animales, de los que tenía en la exmisión de Guadalupe en la frontera de la Baja California. Con este objeto mandó el comodoro al mayor Hensly con una fuerte sección de soldados para que custodiasen los ganados que debían traerse, los cuales se componían de quinientas reses, doscientos caballos, ocho carretas y bastantes bueyes para las mismas carretas, cuyo convoy llegó a San Diego sin novedad.
Don José M. Flores, comandante principal de los voluntarios de California, ordenó a Don Leonardo Cota que marcharse con cien hombres a San Diego para hostilizar al Señor Stockton, llevando de oficiales a Don José M. Cota, Don José Alipaz, Don José Ramón Carrillo, Don Enrique Ávila, Don Ramón Osuna, Don Carlos Domínguez y Don Nicolás Hermosillo. Esta fuerza llegó a San Diego después que el mayor Hensly hubo arribado con los ganados que sacaron de dicha frontera. Los americanos pusieron esos ganados en la península que se forma entre el puerto falso y el puerto de San Diego, guardando la entrada de ésta con una guarnición de soldados y varias piezas de artillería, que se colocaron en el propio lugar donde existía el antiguo Presidio.
El Sr. Cota se situó en el vallecito de “La Soledad”, doce millas al norte de San Diego, y de allí salía con frecuencia para molestar a los americanos, manteniéndolos alarmados de día y de noche, y en una de tantas acordó que Don José Ramón Carrillo entrara a la península con quince hombres y sacara todo el ganado y caballada que pudiera, mientras él con el resto de la fuerza llamaría la atención de los del fortín por otro punto. Así lo verificaron: Don Leonardo Cota se presentó con ochenta y cinco hombres por la cañada, arriba de la exmisión, atacando el fortín. Entonces comenzaron a tirotearse, y la guarnición americana empeñada en esta escaramuza, no se fijó en Don José Ramón Carrillo que entraba a la península por el lado del Puerto Falso y se sacaba una buena partida de ganado y caballada, de manera que cuando lo vieron y comenzaron a dispararle cañonazos ya estaba fuera del alcance de sus tiros; entonces el Sr. Cota se retiró para reunirse con sus demás compañeros.

Otras disposiciones del Sr. Flores

Casi al mismo tiempo que despachó a los cien hombres del Sr. Cota a San Diego, mandó el Sr. Flores a Sonora una comisión con pliegos para el coronel Castro y el gobernador de aquel Estado, participándoles las noticias de los acontecimientos que habían tenido lugar en California hasta el 1° de noviembre de 1846, y demandando al gobernador los auxilios de hombres, armas y dinero que pudiera suministrarle, para continuar en California la guerra que se había comenzado con tan buen éxito contra un enemigo tan poderoso como el gobierno de los Estados Unidos de América. Uno de los miembros de esa comisión regresó del Río Gila a Los Ángeles para noticiarle al Sr. Flores que en dicho Río habían visto una partida numerosa de hombres armados, los cuales venían a reunirse con el comodoro Stockton, bajo el mando del general Kearney. Informado de esto el Sr. Flores, creyó conveniente reforzar la partida del Sr. Cota con otros cien hombres que mandó con Don Andrés Pico, quien partió de Los Ángeles el día 22 de noviembre de aquel año, llevando a los oficiales Don Juan Bautista Moreno, Don Tomás Sánchez, Don Pablo Vejar y Don Leandro Osuna. Entre los cien hombres de esta segunda partida iban muchos vagos y advenedizos, que se desertaron cuando supieron que debían combatir contra un enemigo superior en número y armamento; pero el Sr. Pico reemplazó esta falta ventajosamente luego que se le agregaron Don Dolores Higuera, Don Juan Lobo, “Pablo Apio” y Don Lino López, todos hombres diestrísimos a caballo y de un valor incontrastable.
La primera estadía del Sr. Pico fue en al exmisión de San Luis Rey, y de allí pasó a San Pascual, cosa de treinta millas distante de San Diego.

Movimiento de los americanos

El oro de los Estados Unidos de América, que el comodoro Stockton derramaba a manos llenas, le granjeó la voluntad de las familias principales de San Diego, que bailaban alrededor del ídolo atrayendo al comodoro partidarios entre sus hijos, hermanos y demás parientes, al grado que luego se formó una compañía de treinta dieguinos haciendo armas contra su patria y poniéndose a las órdenes de los Estados Unidos; esta compañía la mandaba D. Santiago E. Arguello, y por su medio estaba el comodoro Stockton al tanto de todo cuanto pasaba entre los defensores de México.
El día 24 de noviembre de 1846 sorprendieron las fuerzas del general Kearney un correo que mandaba el capitán Don José M. Flores a Sonora con cartas para el coronel Don José Castro.
El día 2 de diciembre llegó esta fuerza al rancho de Warner ya fuera del desierto a este lado del Río Colorado. En la tarde del día 3 llegaron a el “Agua Caliente”, y de allí puso el general Kearney un correo al comodoro Stockton, mandándolo con el inglés Stokes quien vivía en la exmisión de Santa Isabel; el día 4 adelantaron a Santa Isabel y saliendo de aquí para San Diego, encontraron en el camino al capitán Gillespie que fue mandado por el comodoro Stockton para proteger la entrada del general Kearney; estas dos fuerzas pernoctaron el día 5 debajo de una añosa encina entre Santa Isabel y San Pascual.

Toda aquella noche estuvo lloviendo mucho y mientras que los americanos se medio favorecían debajo de la gigantes encina, D. Andrés Pico con su escuadrón de californios, se agregaron a la ranchería de los indios de San Pascual, todos mojados y temblando de frío: la lluvia continuó como hasta las dos de la mañana, a cuya hora se pusieron a encender fuego para calentarse. Estando en esta operación llegó al campo un indio de los del viejo”Panto”, e informó a D. Andrés Pico, que los americanos que venían por el lado del Río Colorado, se habían juntado con otros que salieron de San Diego, y que las dos partidas se hallaban en aquella encina muy grande no lejos de San Pascual, pues apenas distaría tres y media o cuatro leguas; que era muchísima la gente, y traían cañones, unos venían en mulas, otros a caballo y muchos a pie. Este indio los venía siguiendo desde el rancho de Waner, y sabiendo que D. Andrés se encontraba en San Pascual, había ido a verlo expresamente para contarle estas cosas.”¿Cuídate, Andrés!, mira que están muy cerquita y te pueden agarrar descuidado,” añadió: y en seguida se puso a calentar al lado de los otros soldados.
Después de un corto intervalo de tiempo, volvió el indio a dirigir la palabra a D. Andrés Pico, preguntándole:”¿No quieres un soldado?”---“Sí.¿quién es?”—“Yo”—“¿Cómo te llamas?”—“Pablo Apos”-“Muy bien yo acepto tus servicios y harás todo lo que puedas cuando entremos en batalla”.

Batalla de San Pascual

Mientras los californios se calentaban al calor de las fogatas, D. Dolores Higuera, más conocido por el apodo de “Güero Higuera”, les aconsejaba a sus compañeros que al tiempo de batirse con los americanos, procurasen lancear de las narices a las bestias en que venían cabalgados, y cuando estas volteasen corriendo y respingando, aprovechasen el momento en que debían descomponerse los jinetes, par alancearlos con seguridad antes que pudieran recobrarse: esta ocurrencia la celebraron mucho y todos prometieron hacerlo así, convencidos de la impericia de los americanos para montar a caballo.
El cielo estaba cargado de negras nubes y la noche tan oscura que no se veían ni las manos fuera de la luz de la lumbre; hacía frío excesivo y el suelo estaba mojado y atascado; por todo esto creyó D. Andrés Pico, que los enemigos no se moverían de aquella encina hasta que no mejorase el tiempo, y continuó como se hallaba sin tomar ninguna clase de precauciones par ano ser sorprendido.
Y a casi al amanecer salieron D. Pablo Vejar y D. Juan Lara en busca de sus caballos, y apenas se habían alejado setecientas o ochocientas yardas, se oyeron los disparos de algunas armas de fuego y las voces de D. Pablo Vejar gritando a los del campo “¡Alerta! ¡alerta! Aquí nos han tomado prisioneros”. En el momento se alarmaron todos, corriendo en busca de sus caballos que apenas tuvieron tiempo de enfrentar montando en pelo sobre ellos y eso cuando mucho unos treinta y cinco i cuarenta hombres; los dema´s habían dejado sus caballos y sus monturas en otra cañadita inmediata a lado Norte de la ranchería, desde donde se vinieron a refugiar a las chozas cuando comenzó a llover, dejando sueltos los caballos para pastar libremente. Quedóse D. Andrés Pico con sus treinta y cinco o cuarenta hombres, haciendo frente al enemigo que tenían encima, mientras D. Juan Bautista Moreno fue con la demás gente a ensillar y montar, a la barranca referida; los fuegos comenzaron de una y otra parte disparando a la ventura, porque aún no se veía el enemigo, dirigiéndose únicamente por la luz de las armas de fuego que descargaban los combatientes. Esto duraría media hora, cuando aclaró y se despejaron las nubes que cubrían el cielo; entonces D. Andrés Pico hizo correr la voz que se retiraran todos en orden a lo largo de la cañada en pos de un lugar más a propósito para cargar a caballo, porque en ese de la ranchería no había espacio suficiente para el caso; salieron pues todos dando la espalda al enemigo a violencia de carrera sobre sus caballos, y los americanos creyéndose victoriosos dieron sobre ellos saliéndose de sus filas y entrando en desorden.
Don Andrés correría con los suyos cosa de milla y media o dos, atrayendo a sus contrarios al terreno en que deseaba batirlos y luego que llegaron al punto más amplio y plano de la cañada, volvió de nuevo a la carga con toda la velocidad de sus caballos, al tiempo que Don Juan Bautista Moreno salía con setenta u ochenta hombres de refresco por la cañadita donde estaba, y dieron sobre los americanos con un ardimiento indescriptible: aquello no era un combate sino una matanza; la idea del “Güero Higuera” se puso en práctica y desde que se chocaron loas dos fuerzas revolviéndose los californios con sus enemigos, y ano se oyó el disparo de una sola arma de fuego; los americanos morían sin poder hacer la más leve resistencia. Luego que se aproximaba un californio con su lanza en ristre, la descargaba sobre las narices del caballo o de la mula que cabalgaba el americano, y cuando comenzaba a reparar con su mal jinete ¡zas! ¡y zas! Alma al otro mundo, y cuando allí queda enemigo fuera de combate, y en seguida vamos sobre otro.El “Güero Higuera” se encontró con el capitán Gillespie y en vez de lancear la bestia le acertó una lanzada en la boca derribándolo al suelo; lo picoteó con la lanza en varias partes. El capitán se fingió muerto, bajo el Güero, le quitó el reloj y un zarape fino que llevaba, y luego en unión de “Pablo Apis” cargaron sobre tres que estaban apuntando con un cañón sobre ellos, los despacharon en el acto a mejor mundo que éste, quitando el obús que llevaron en seguida. D. Leandro Osuna, se encontró con el valiente capitán Moore y del primer golpe lo dejó muerto cerca de un charco de agua: luego hirió derribando al suelo al capitán Gibson; al teniente Hammond también lo dejó por muerto D. Juan B. Moreno, mientras que D. Juan Lobo lanceó al general Kearney dejándolo también por muerto; el capitán Johnston había quedado muerto de bala en la ranchería donde tuvo lugar el primer encuentro: de esta manera continuó la carnicería hasta que no quedó un solo americano de pie en esta segunda refriega.
Mientras tanto el capitán William H. Emory, con la reserva americana logró favorecerse en la punta de una cuchilla que bajaba hasta el plano de la cañada, y más cauto que el general Kearney se posesionó de aquel lugar pedregoso y lleno de muchas choyas donde no podía maniobrar la caballería, y colocando un obús en lugar a propósito para dominar el campo de batalla consiguió que los californios se retiraran de allí hasta donde no pudieron ofenderlos con su metralla; así logró favorecer a los heridos que mandó traer levantando igualmente a los muertos; en el parte que rindió al comodoro Stockton le dice:”Luego que llegó la noche enterraron los muertos debajo de un sauz al Este de nuestro campo. Así fueron puestos a descansar juntos y para siempre un apartida de hombres heroicos”.*
Según Don Andrés Pico y todos aquellos con quienes he hallado de los que se hallaron en esta memorable jornada, los americanos que allí murieron fueron muchos, puesto que más de los que confiesa el señor Emory que enterraron debajo de un sauz al este de su campo en la noche del día de combate, todavía se llevaron a San Diego varias carretonadas de muertos, luego que pudieron salir de aquel sitio, cuando cinco días después les llegó un auxilio de doscientos hombres, que le s mandó en tan estrecho lance el comodoro Stockton. Que después bien sabido que, la batalla de San Pascual que tuvo lugar el día 6 de diciembre de 1846 fue para los californios una victoria tan real y verdadera, como las que habían alcanzado antes en el rancho de Chino contra Wilson, cuando la capitulación de Gillespie en Los Ángeles, y en San Pedro contra el mismo Gillespie y el capitán Mervin.

Después del combate


Pagando a los americanos que murieron en San Pascual, el respecto que merece todo aquel que muere al pie de su bandera defendiendo la causa de su patria, diré según la propia confesión de los que con ellos lidiaron, que se portaron como valientes, la prueba es que casi todos los oficiales murieron o salieron heridos, y si no hubiera sido por el heroico y astuto capitán Emory, tal vez no se habría salvado ninguno de los de la expedición; diremos que en esta acción fue más evidente el valor del general Kearney y sus compañeros, que su pericia militar, porque fueron a sorprender a un enemigo que se hallaba descuidado, y sin embargo quedaran casi aniquilados.
El capitán Emory, haciéndose como queda dicho, fuerte entre aquel terreno pedregoso y rodeado de choyas, alejó con sus rifles y tiros de cañón a los californios, quienes conociendo que podían se ofendidos sin ofender al enemigo, ganaron las alturas de la parte opuesta de la cañada donde se situó el señor Emory, y desde allí vigilaban a los americanos obligándolos a comer carne de mula para no morir de hambre, porque encendieron todos sus bagajes para estar más expeditos cuando pudieran huir burlando la vigilancia de los mexicanos.
Al día siguiente, 7 de diciembre, el galante doctor Griffin mandó un parlamento al Señor Andrés pico, ofreciéndole sus servicios profesionales para curar a los heridos que tuviese en su campo, esta fineza la correspondió el señor Pico dándole las gracias porque no tenía ni un solo herido, y proponiéndole el cambio de un prisionero que había hecho, por cualquiera d e los dos que habían tomado los americanos antes del combate del día anterior: el día 8 se cambió este prisionero por Don Pablo Vejar, quedando sin rescate Don Juan Lara, herido de una pierna que le amputaron después en San Diego, de cuya amputación salí perfectamente.
Los beligerantes de ambos bandos en San Pascual permanecieron como hemos dicho uno frente a otro, hasta el día 11 de aquel mes, en que llegaron doscientos hombres de San Diego en auxilio de los sitiados; entraron al acampo americanos muy de madrugada, sin que los sintieran los mexicanos, y con este auxilio se animaron a salir de su atrincheramiento los restos de la expedición del señor general Kearney.
Por la parte del señor Pico, los caballos que montaban quedaron muy estropeados el día de la batalla, y como en vez de remudarlos continuaron ensillados de día y de noche, pastando muy poco y siempre sujetos del cabestro, y andando de un lugar a otro por aquellos alrededores, se adelgazaron mucho y no estaban útiles para otra nueva batalla, los hombres estaban también muy desvelados por andar vigilando de día y de noche, durmiendo muy poco a intervalos y sin desvestirse sobre aquel suelo mojado por la lluvia.
Dejaron pues salir libremente a los americanos, devolviéndose para Los Ángeles por llamado del señor Flores, que quería reconcentrar todas sus fuerzas en aquella ciudad.

La situación

A pesar de las brillantes proezas de los nobles californios que podían figurar, si no en la primera escala al menos entre las hazañas de los tiempos heroicos, su situación era tal que no podían conservarse en aquella altura por más tiempo: el índice de la mano fría del destino les había señalado el camino por donde habían de pasar; ya estaba decretado que debían someterse, no a sus vencedores, si no a sus afortunados adversarios, y esa sumisión no tardó en realizarse.¡Pobres californios! ¡tan generosos, tan valientes y tan infortunados a la vez! La causa que ellos ganaban en este apartado lugar de la República Mexicana, armándose y municionándose a sus expensas o con los despojos de sus contrarios, enervando sus fuerzas, devastando sus fértiles campiñas y dejando exhausto el erario nacional.
Es necesario considerar que la Alta California en el año 1846 no era comparable con lo que es ahora; su más grande centro de población era esta ciudad de Los Ángeles, y apenas arrojaba un censo de mil almas, contándose las personas de ambos sexos y de todas las edades, incluso también los extranjeros que se conservaron neutrales o tomaron parte a favor de los Estados Unidos; San Bárbara, menor en número de habitantes, San Diego, dividido entre leales y americanados; Monterrey , a una enorme distancia y con muy pocos vecinos: esto es todo lo que había para contrarrestar al comodoro Stockton con ochocientos hombres de guerra, al coronel Fremont con un fuerte y brillante regimiento de caballería, a los restos de la expedición del general Kearney, a un batallón de mormones que se aproximaba y debería llegar a San Diego pronto por tierra, como que llegó en efecto el día 29 de enero de 1847, con el teniente coronel Phillip y St. George Cooke, a la escuadra americana que recorría toda las costa facilitando el movimiento de estas fuerzas de un punto a otro, y para coronar la obra, a treinta dieguinos conocedores de todo el interior del país, relacionados en todas partes que averiguaban cuanto pasaba entre las filas de los defensores de México, y en seguida se lo comunicaban al comodor Stockton para tenerlo al tanto de todo.
Hasta aquí no hemos considerado sino lo que pasaba en la localidad del propio territorio, falta examinar las noticias que se retuvieron en Los Ángeles con respecto al interior de la República, el día 4 de ese mismo mes de enero, las cuales vinieron a matar las esperanzas que se habían abrigado de recibir auxilios de hombres, armas y dinero para sostener la guerra en la Alta California.
El coronel Don José Castro le decía al comandante Flores desde Hermosillo:”no esperen ustedes ningún auxilio del estado de Sonora; este país está en ruina, las rentas del estado no son suficientes para cubrir sus gastos más necesarios; nada es más apremiante en Sonora que la persecución de los indios apache, y sin embargo el gobierno no los persigue por falta absoluta de recursos”
Don Matías Moreno, secretario del gobernador Pico, con quien se ausentó de California creyendo que iban a conseguir recursos del Gobierno General para defender es este país, decía a su vez:”El Presidente Herrera ha caído a consecuencia de la revolución de Paredes en San Luis, cuya revolución secundaron las tropas que guarnecián al capital el 2 de enero de 1846.Paredes cayó a sus vez después de una administración de seis meses, en cuyo tiempo quiso con Bermúdez de Castro establecer una monarquía en México. El movimiento que estalló el 20 de mayo en Guadalajara, capitaneado por el señor Yánez, lo echó abajo. Después de Paredes, tuvimos de presidente interino a Don Nicolás Bravo, después de Bravo a Don Mariano Salas y ahora a Don Antonio López de Santana: cinco presidentes en siete meses”
EL general Paredes tiene la doble responsabilidad de haberse pronunciado con el ejército de llevó para batir a los americanos, y en lugar de esto volteó la espalda al enemigo para ir a la capital a revolucionar con ese ejército.”
“ Estos desórdenes entre los que dirigen los destinos de la república , están dando los resultados que eran de esperar. En los días 8 y 9 de año de 1846 en general americano Taylor con 1500 hombres ha derrotado a nuestro general Arista en el “Palo Alto” “la resaca de la pala”
“El mismo general Taylor en los días 21 y 25 de septiembre atacó la capital de Nuevo león, apoderándose de la plaza y derrotando al general Don Pedro Ampudio. Además, una fuerza de 1000 americanos se apoderó de Tampico, cuya palaz abandonaron las fuerzas mexicanas que la guarnecían.”
“ Ya yo perdí toda esperanza de que seamos socorridos y vivan ustedes en esa persuasión sin hacerse más ilusiones en el porvenir:”
Estas cartas llegaron al tiempo en que se sabía que el coronel Fremont se acercaba a Los Ángeles por el lado del norte, que el mismo punto , desde el día 29 de diciembre próximo-anterior. La situación, pues, era desesperada, era necesario concluirla de una vez.

Proposiciones de paz

Creyendo el comandante Flores, que era contrario al derecho de gentes y a las leyes de la humanidad, sacrificar inútilmente las vidas de cuatro centenares de californios que militaban bajo sus órdenes, y que una más larga resistencia contra fuerzas tan superiores como las que había mandado el gobierno de los Estados Unidos para ocupar el país, no podía pasar por legítima y razonable, desde que era indudable o bien conocido, que el gobierno de México no podía auxiliarlos, acordó nombrar una comisión que fuese a proponerle al comodoro Stockton los medios de alcanzar una pacificación del país: esta comisión se compuso de los señores William Workman y Charles Flugge, quienes fueron a cumplir su misión encontrando al comodoro Stockton de marcha para Los Ángeles en San Juan Capistrano.
El señor comodoro Stockton que llamaba insurgentes a los mexicanos leales a su patria, que defendían en California la autonomía del país, quería tratarlos como si hubieran sido ciudadanos norteamericanos levantados en rebelión contra el gobierno de los Estados Unidos; por eso cuando los comisionados del señor Flores, llegaron a proponerle los términos en que pudiera lograrse la pacificación del país, en vez de acceder a una capitulación honrosa como se acostumbra en casos iguales, dijo que:”garantizaría las vidas y propiedades de los que habían tomado las armas, con tal que le entregaran sin condiciones a la persona del comandante Don José M. Flores. Como el señor Flores no había hecho nada contrario al derecho de gentes y a las leyes de la guerra, esta pretensión de parte del comodoro Stockton era injusta e inaceptable, y no se aceptó.

Lo que pasó en el río de San Gabriel

Adelantó su marcha el comodoro Stockton hasta el río de San Gabriel, a donde llegó como a las dos de la tarde del día 8 de enero de 1847 al tiempo que se avistaron las fuerzas mexicanas por el lado opuesto del río en el lugar conocido por “Corunga”; inmediatamente formaron los americanos en batalla, creyendo que se les iba atacar en aquel punto, y como se pasó un poco de tiempo en aquella actitud, dispuso el comodoro que pasaran sus tropas al otro lado, y estando en esta operación, Don Francisco Cota tomó el pabellón mexicano y con mucha gallardía se puso a la cabeza del escuadrón que mandaba Don Juan Bautista Moreno, y se desprendieron de la altura donde se hallaban, saltando algunos precipicios y cargando impetuosamente contra el enemigo, que lo recibió a pie firme con un fuego nutrido de rifles; en este momento llegaban los demás escuadrones de californios a la altura desde donde se había desprendido Moreno sobre el Río e iban ya saltando animosamente los precipicios, cuando llegó Don Diego Sepúlveda, ayudante del comandante Flores, marcándoles el alto y dándoles la orden que retrocediesen, la acción estaba ya empeñada por el escuadrón de Moreno que penetró hasta las mismas filas de los americanos, matándoles un hombre e hiriendo a nueve; sin embargo, obedecieron todos retirándose en medio de los fuegos que les hacían de todas partes, saliendo gravemente heridos Don Ignacio Sepúlveda y Don Francisco Rubio, éstos dos últimos murieron en San Gabriel después de algunas horas.
No hubo ningún otro empeño después de este encuentro, hasta que llegó la noche envolviéndolos a todos en sus sombras; los americanos lograron pasar el río y se acamparon en la altura que habían ocupado en la tarde los californios y éstos pernoctaron a muy corta distancia de aquel punto sobre la Mesa. El señor Flores no había dado orden ninguna para que se retirasen los escuadrones que ya habían comenzado el combate, esta fue una disposición arbitraria de su ayudante Don Diego Sepúlveda; sin embargo, la mayor parte de la gente creyó que había sido disposición del comandante, y juzgando que era cobarde se disgustaron muchísimo, y en esa misma noche se desertaron más de la mitad; de manera que no quedarían en el campo arriba de doscientos hombres.
Al día siguiente, cuando vio el señor Flores que se habían desertado tantos, y la fuerza que restaba era insignificante para combatir contra más de ochocientos hombres que traía Stockton, sólo por punto de honor, no quiso huir teniendo el enemigo en frente, y permaneció el día 9 haciéndole fuego con dos malas piezas de artillería que tenía, molestándolo en la marcha; en estas escaramuzas salió levemente herido el alférez Ramírez que mandaba dichas piezas.

Segunda ocupación de Los Ángeles por el comodoro Stockton

En la tarde de aquel mismo día llegaron los americanos al río de Los Ángeles y los californios entraron a la ciudad, pero como a las ocho de la noche acordó el señor Flores desocupar la plaza para no exponer a las mujeres y niños que había en la población a sufrir las consecuencias que pudieran surgir de un combate adentro de la misma población; al tiempo de salir mandó una comisión al señor Stockton, notificándole su determinación y que podía entrar en la ciudad sin ninguna resistencia.
Al día siguiente, 10 de enero de 1847, los americanos se pusieron como en orden de pelea, y emprendieron su marcha sobre la ciudad y luego que llegaron a la calle principal formaron frente a la casa de gobierno y la ocuparon como cuartel; la artillería la subieron a la loma donde se hallaba la cárcel y la sala de sesiones del ayuntamiento; colocaron los cañones de manera que pudieran proteger a los demás cuarteles, y el resto de las fuerzas del comodoro Stockton, se colocaron en otras casas de la población, alojándose cómodamente en ellas.
Mientras tanto, el señor Flores, se hallaba en San Pascual, no en aquel San Pascual cerca de San Diego, a donde tuvo lugar la memorable batalla del día 6 de diciembre próximo-anterior, sino en otro lugarcito de este nombre muy mediato a Los Ángeles: aquí, después de una madura reflexión, el comandante Flores, sabiendo que el coronel Fremont llegaría ese día a la exmisión de San Fernando, y que ya no era tiempo de continuar derramando sangre inútilmente, renunció su puesto y salió para Sonora con treinta hombres que lo quisieron subir voluntariamente; el señor Flores llevaba el rumbo de San Gregorio para el río Colorado.

Capitulación de Cahuenga

Después de la separación del comandante Flores, las fuerzas que quedaron en San Pascual, eligieron en su lugar a don Andrés Pico, quien se hizo cargo del mando; en esa misma noche llegó Don José de Jesús Pico al campo, de parte del coronel Fremont, proponiéndole a Don Andrés Pico que capitulase. Don José de Jesús Pico y Don Andrés Pico, eran primos hermanos y no pudo elegir el señor Fremont un hombre más a propósito para conseguir que capitularan los californios; sin embargo, Don Andrés hablando con la entereza y franqueza geniales en él le dijo a Don José de Jesús Pico, que estaba pronto a esa capitulación siempre que fuera honrosa en toda la extensión de la palabra; en el acto, nombró a los señores Pablo María de la Guerra y Francisco Rico, para que se avistaran con el coronel Fremont y le preguntaran si estaba en disposiciones de conceder todos los honores y garantías que el derecho de guerra reconoce por justas y honrosas, y siendo así, que le dijeran que estaba pronto a capitular, para cuyo efecto nombraría al día siguiente sus comisionados.
Volvieron los señores Rico y de la Guerra, a San Pascual, después de una entrevista con el señor coronel Fremont, y habiendo traído una respuesta satisfactoria, el señor Pico nombró comisionados por su parte a los señores José Antonio Carrillo y Agustín Olvera, quienes salieron en la mañana del día 12 para Cahuenga, donde debían unirse con los comisionados del coronel Fremont. Tras de sus comisionados levantó el señor Pico su campo y salió de San Pascual a “La Providencia”, en donde ratificó el día 3 los términos de la honrosísima capitulación que redactaron los comisionados de ambas partes, cuya capitulación ratificó también el coronel Fremont y cinco días después el señor Stockton.
Así terminó esta gloriosa lucha de un pueblo desarmado contra los veteranos de los Estados Unidos de América, volviendo los valientes californios a sus pacíficos hogares hasta el día de hoy.

Manuel Clemente Rojo

  • When night closed in , the bodies were buried under a willow to the east of our camp. Thus were put to rest together, and forever, a band of brave and heroic men. The long march of 2000 miles had brought our little band to know each other well. Community of hardship, danger and privations had produce relations of mutual regard which caused their loss to sink deeply into our memories
( El Cronista,San Francisco,Cal,18,25-IV y 2 y 9 –V-1885)